Doce años después.

Verano de 1998. Tenía apenas 16 años y el destino (o la causalidad) quiso que pasara un mes en la ciudad inglesa de York. No tengo muchos recuerdos de como me apunte al programa del IVAJ (Instituto Valenciano de Ayuda a la Juventud) para estudiar inglés en el extranjero.

Lo que si recuerdo es que me llamaron para realizar este curso días antes que diera lugar, pues estaba en lista de espera.

Poco después de volver me puse a escribir una especie de diario de viaje, pero nunca lo terminé, simplemente se quedo en el olvido. Hoy, y gracias a las nuevas tecnologías vais a ser testigos de este viaje que, sin duda, cambió mi vida.

Sera una especie de “SERGIETE BEGINS” o “SERGIETE: COMIENZA LA LEYENDA”. Damas y Caballeros, vamos a viajar en el tiempo y vamos a embarcarnos en mi primera gran aventura: YORK’98.

Hagamos un poco de memoria y retrocedamos en el tiempo. Estamos en Julio de 1998 y acababa de terminar 3º de BUP, volvía de mi viaje de fin de curso por Italia y me llamaron de EUROCURSOS para notificarme que había sido seleccionado para realizar un curso de un mes de duración en la ciudad de York, al norte de Inglaterra.

Mi familia me trasladó al aeropuerto de Manises y allí conocí al que iba a ser mi monitor durante mi estancia en Inglaterra.

También conocí a gente que poco después se convertirían en “inseparables” durante todo un mes. Embarcamos en un vuelo comercial con destino Manchester y escala en Madrid-Barajas.

Cabe destacar que el resto de grupos de EUROCURSOS viajaban en vuelos chárter directos a su destino.

Solamente el grupo de York tenía que coger un vuelo comercial, hacer escala en Madrid y viajar a Manchester. Tras un vuelo sin incidencias (básicamente porque no tengo recuerdos del vuelo) llegamos a Madrid y nuestro querido monitor nos dirigió hacia la puerta de embarque. Recuerdo con bastante nitidez que nos dijo que este tipo de viaje cambia a las personas.

En aquel momento no le di importancia, pero con el paso del tiempo, me he dado cuenta de la gran verdad: ese viaje me cambió para siempre.

Sin mucho que contar, llegamos a Manchester, donde nos reunimos con nuestro otro monitor, monitora en este caso, pues se llamaba Raquel (Rachel para los amigos). Pero la sorpresa llegó cuando nos dijeron que no nos esperaban hasta las 6 de la tarde. Eran las doce de la mañana.

No hace falta que describa el espectáculo que 50 adolescentes españoles y sus maletas dieron en el aeropuerto. Gritos, carreras y demás.

Finalmente y después de una larga espera, el autobús que nos tenía que llevar a nuestro destino hizo acto de presencia. Al fin llegaríamos a la que sería nuestra casa durante un mes. He de avisar que nos alojaríamos en familias inglesas con, quizás, otros estudiantes internacionales.

Al llegar a York nos presentaron a nuestras “familias de acogida”. El tipo que me toco a mi era un hombre grande y extraño. Me subí a su coche (no sin antes equivocarme con el lado del copiloto) y nos dirigimos a su casa que estaba en el barrio de Huntington, al norte de la ciudad. Allí me presentó a la mujer de la casa y a los perros (tan típico inglés), dos labradores negros y enormes.

El día siguiente sería un día de pruebas y bienvenidas. El hombre de la casa me llevó en coche hasta la escuela y me preguntó si me había quedado con el itinerario, pues a la vuelta volvería en bus. Le dije que no había ningún problema. Esta claro que me perdí al volver de la escuela, pero eso es otra historia que aún no toca desvelar.

Ya en la escuela hicimos una especie de test de entrada para ver nuestro nivel de inglés. No me acuerdo cual era mi nivel en aquel entonces, lo que si recuerdo con una claridad espantosa es el nombre de la profesora: Dianne.

También me acuerdo de algunos de mis compañeros/as de clase: Eduardo, Raquel, Sandra, Eva. Cabe destacar que en clase éramos solo dos chicos: Edu y yo.

Menudas risas nos hicimos a costa de la profesora. La más notoria fue sin duda los “utensilios de cocina típico españoles: Tócame los güevos”. Preguntadme en otra ocasión por esta anécdota. Tiene miga la cosa.

Los días pasaban y las innumerables anécdotas se multiplicaban. No podría ni acercarme a la décima parte de todo lo acontecido aquel mes, pues mi memoria deja mucho que desear y ha pasado mucho, mucho tiempo.

Pero sí podría hacer un resumen escueto. Había visitas varias: el centro de la ciudad con sus calles medievales, su catedral y sus museos. Visitamos ciudades: Leeds, Bradford y por supuesto Londres.

Bebimos muchas pintas de cerveza y robamos vasos. Cantamos y bailamos. Jugamos a fútbol contra franceses (ganamos de goleada), actuamos y reímos.

Cuando pienso en aquellos días no puedo sino sonreír y añorar al mismo tiempo. Fue sin duda alguna, un viaje especial, un viaje que cómo dijo nuestro monitor José Antonio, nos cambiaría la vida para siempre.

Aprendí mucho, descubrí talentos ocultos y cambié. Cambié para siempre.

Quería compartir con vosotros este pequeño viaje. Un viaje que sucedió hace ya casi 12 años.

Mi primer gran viaje, mi primera gran aventura. Este viaje fue sin duda el inicio de muchos otros, aunque yo aún no lo sabía. Y causalidades de la vida (o Destino), 12 años después vuelvo al origen de todo. Vuelvo a Inglaterra.

La aventura continua en Londres… 12 años después.

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2 comentarios

  1. Se me han puesto los pelos de punta leyendo tu aventura y es que, yo pase exactamente por lo mismo hace 12 años, con la diferencia de que yo tenia 14 años y mi aventura comenzaria en Waterford (Irlanda), continuaria al siguiente verano en Glocester (Inglaterra) y seguiria años despues pasando por Irlanda, Inglaterra y Australia, hasta llegar a Francia donde mi nueva etapa no a echo mas que comenzar 😉

  2. Me ha encantado tu viaje y la forma de narrarlo!! Este verano iré por primera vez a Inglaterra y a cargo de 30 adolescentes!! Seguro que será una gran aventura!!
    Katia.

Los comentarios están cerrados.