Mi Camino de Santiago Francés: Rumbo a Saint-Jean-Pied-de-Port

Dicen que el Camino empieza mucho antes de poner el pie en el primer sendero… y en mi caso, empezó con una mala noche, una mochila demasiado cargada y mucho cansancio acumulado antes siquiera de llegar a Saint-Jean-Pied-de-Port. Pero vayamos por partes.

El día -1 (sí, ni siquiera el cero), fue el lunes 30 de junio de 2025. Para ir calentando motores, me marqué una pequeña ruta de senderismo por Gandía con la excusa de probar la mochila. Spoiler: no aprendí nada. Me pasé con el peso a lo bestia. Llevo años viajando con mochila, y aún así… piqué. Llevaba ropa de más, el iPad (¿para qué?), y varias cosas que acabarían sobrando desde el minuto uno.

Mi ruta previa al camino

Tras la rutita, me fui a Valencia en tren, y de ahí pillé un bus nocturno a Pamplona. Salía a las 22:45… o eso decía el billete. Al final salió a las 23:15. Nada grave, salvo que me esperaban seis horazas de autobús nocturno sin dormir, para llegar a Pamplona a las 5:30 de la mañana hecho polvo. El bus, por cierto, bastante incómodo: piernas encajonadas, cuello roto, y un sueño a base de cabezadas estilo “me duermo 3 minutos y me despierto con un calambrazo”.

Llegué a Pamplona como un zombi y allí conocí a una chica que también iba a empezar el Camino al día siguiente desde Saint-Jean. Nos refugiamos en una cafetería (la única que abría a las 7:00) y estuvimos haciendo tiempo hasta las 12, que salía nuestro autobús hacia Saint-Jean-Pied-de-Port. Seis horas muertas, deambular sin ganas, ni pasear ni nada. Solo esperar.

Eso sí, el segundo autobús, ya con luz del día, fue gloria bendita. Cómodo, cortito, y me dormí en cuanto me senté. Llegamos al pueblo poco antes de las 14:00.

Saint-Jean-Pied-de-Port

El primer contacto con Saint-Jean fue de esos que te sacan una sonrisa. Pueblo precioso, de callecitas empedradas, casas antiguas con encanto y un ambiente peregrino que se respiraba en cada esquina. Fui directo al albergue donde tenía la primera noche reservada: Maison Mâje. Muy bien, por cierto. Habitación de tres, pero solo había una chica más, así que tranquilidad total. Me pegué una ducha gloriosa y salí en busca de comida con mucha hambre y cero exigencias.

Cayeron un par de cervezas (porque claro que sí), unas tapitas y luego a por la credencial del peregrino a la Asociación de Amigos del Camino.

Paseíto por el pueblo (bonito, pero yo estaba al borde del colapso) y a las 20:30 ya estaba en la cama. Sin exagerar. Necesitaba dormir como el comer… porque al día siguiente arrancaba la primera etapa del Camino, la temida travesía de los Pirineos hasta Roncesvalles.

Spoiler: no fue para tanto. Pero eso ya os lo cuento en el siguiente post 😉