Mi Camino de Santiago Francés: Pamplona a Villatuerta
Día 3 – Tartas de queso, calores infernales y una gorra improvisada
El tercer día empezó un poquito más tarde, a eso de las 7:00 de la mañana, que oye, sigue siendo temprano, pero ya no tan de locos como los días anteriores. Y como ya se va volviendo costumbre, la etapa empezó cuesta arriba. Porque sí, en el Camino se sube. Siempre.
Tras unos cuantos repechos, encontré una cafetería en un pueblo cercano donde me tomé mi dosis de café mañanero. Energía recargada y a seguir.
Navarra se va secando
Aunque seguía en Navarra, el paisaje empezó a cambiar. Dejé atrás ese verde tan espectacular de los primeros días y empezaron a aparecer los campos de trigo, la tierra seca y esa sensación de “te estás alejando del norte”. Aun así, los paisajes seguían siendo chulos. Subí una montañita que calculo andaría por los 700 u 800 metros, y desde arriba las vistas eran espectaculares.




Uterga: la tarta de queso de mi vida
Bajando llegué a Uterga, que originalmente iba a ser mi parada del día. Pero claro, yo ya iba en modo épico, así que decidí continuar más adelante. Eso sí, hice una paradita gloriosa en Uterga para almorzar: café con leche, pincho y una tarta de queso que me dejó marcado. De lo mejor del Camino, sin exagerar.
Error clásico: comer fuerte y seguir andando
Seguí hasta Puente la Reina, donde comí sobre la 13:00-13:30. Y ahí cometí otro de esos errores de manual:
Comer fuerte justo antes de seguir caminando otros 20 km.
Sí, claro que sí, campeón. Lo que vino después fue una travesía dura de narices. El calor apretaba (30-31ºC), sin sombra, rodeado de campos de trigo y con ese camino de tierra suelta que parece que te odia.




Un polvo fino que se te mete por todas partes, fatal. Y yo, improvisando como podía: me puse una toalla en la cabeza a lo beduino, para protegerme del sol como si fuera Bear Grylls versión peregrino valenciano.
Villatuerta: todo cerrado, pero misión cumplida
Finalmente, llegué a Villatuerta sobre las 17:30 o 18:00, ya fundido. Pueblo bonito pero todo cerrado, ni bares, ni restaurantes, ni una misera terracita para celebrar la llegada. Fui al súper, compré algo de cena, me duché, puse otra lavadora (qué haría uno sin ellas) y a dormir.
Otros 40 km más a la mochila, y aunque ya se notaba el cansancio, aún me sentía bastante bien. Pero bueno, ya empezaba a ver que quizás esto de hacer maratones diarias tenía sus consecuencias…